Tuesday, September 12, 2006

 

¿El quechua va a desaparecer en dos generaciones?

Me es difícil imaginar que alguien en su sano juicio pudiera publicar un artículo que dijera algo como "las fresas van a desaparecer en treinta años" o "los huracanes se terminarán en dos generaciones", sin ofrecer evidencia que sustente su afirmación. Ni tampoco un texto sobre la evolución de los insectos, el funcionamiento del páncreas o las propiedades del nitrato de plata, sin informarse primero, y bien. Los objetos de estudio de las así llamadas "ciencias duras" inspiran cierto respeto y, para bien o para mal, alejan a los especuladores y a los adivinos. Los temas de las ciencias humanas, en cambio, provocan ríos de tinta especulativa, inagotables esfuerzos de clarividencia, opiniones tajantes y definitivas, incluso de las mentes más agudas. Eso no es casual, por supuesto: todos creemos saber algo relevante sobre los asuntos que nos conciernen directamente. Y entre todos ellos, ninguno más cercano y cotidiano que el lenguaje.

Pocos temas encuentra uno donde, con absoluta naturalidad, casi todo el mundo encuentra algo precioso que compartir, cierto aspecto superior o inferior que defender o criticar. Lo que los hablantes opinan del lenguaje y las lenguas constituye por sí mismo una valiosísima fuente de información acerca del funcionamiento lingüístico, y nunca debería ser tomado con ligereza. Por supuesto, eso no quiere decir que tales opiniones correspondan siempre a las características que efectivamente tienen las lenguas.

Me permito poner un ejemplo. Sandro Venturo publicó ayer en Perú 21 un texto titulado El quechua y los dilemas del indigenismo (gracias a Silvio Rendón por el dato). Como el propio Silvio nota en su blog, el texto exhibe una serie de inexactitudes que vale la pena corregir. Aquí quiero mencionar solo una:

De hecho, la probable desaparición en un par de generaciones del quechua como habla cotidiana nos privará de formas únicas de verbalizar la experiencia humana. Cuando uno lee las traducciones de cantos quechuas toma conciencia de una forma de nombrar la vida que los códigos de comunicación contemporáneos no nos ofrecen.
Sandro Venturo Perú21 11 de setiembre del 2006
Lo primero que debemos preguntarnos es de dónde saca Sandro Venturo que es probable que el quechua desaparezca en dos generaciones. Como bien sabemos, hay actualmente millones de hablantes de quechua; y aunque, por supuesto, no es imposible que algún acontecimiento catastrófico (natural o cultural) los desaparezca, es sin embargo bastante improbable que así sea. Nadie niega que el quechua, como muchas otras lenguas, esté bajo constante presión por parte del español, pero profetizar su desaparición parece más una invitación a que nos olvidemos de los problemas de las lenguas nativas y sus hablantes ("total, ya pasarán", parece que dijera entre líneas).

Además, el autor parece tener una visión del quechua entre idealizada y fantasmal. Dice haber encontrado en ciertos textos quechuas algunos rasgos que los códigos de comunicación contemporáneos no nos ofrecen. ¿Acaso piensa Venturo que el quechua no califica como un código de comunicación contemporáneo? Vemos aquí claramente cómo se desliza, a despecho de las mejores intenciones, el viejo prejuicio de que las lenguas no son realmente iguales, que hay algunas "mejores" que otras, unas más "modernas", más contemporáneas que otras. No es una sorpresa, entonces, que Venturo profetice que el quechua va a desaparecer: en verdad piensa que ya ha desaparecido, que es una suerte de inmaculado fósil.

Nótese también que el autor no se priva de expresar por adelantado su nostalgia por el quechua, al que atribuye una irrepetible forma de nombrar la vida. Esta última es una opinión muy común, de hecho, demasiado común. Es la metamorfosis de la oposición entre griegos y bárbaros, que ya ejecutaron Colón, Pedro Mártir, Las Casas, Montaigne y otros, según la cual en las lenguas y culturas americanas originarias hay un no se qué arcádico, una suerte de atemporalidad extática, de la que tenemos que tomar conciencia nosotros los contemporáneos. Es irónico que el artículo, en otras partes, pretenda denunciar un presunto tufillo paternalista en los reclamos de protección para las lenguas nativas, pero acabe cometiendo un vicio aun mayor, al elaborar una sofisticada instancia del mito del buen salvaje.

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