Thursday, June 22, 2006

 

Ellos se la pierden

Desde Lima, Agustín Panizo me envía un interesante comentario al post Deficiente expresión oral en castellano. Reproduzco su texto aquí.



AGUSTÍN PANIZO

Me parece que detrás de la calificación de deficiente que algunos hablantes otorgan a la performance lingüística de otros se esconde alguna de estas situaciones:

  1. la identificación de una performance propia de otra región, a cuyos habitantes se menosprecia por alguna razón cultural, política, etc.;
  2. la identificación de una performance propia de un estrato socioeconómico menos privilegiado;
  3. la identificación de una performance en un estilo menos cuidado, al que se considera inadecuado para la situación en la que se da la interacción verbal.

Hablamos, en suma, de la conciencia que tienen algunos hablantes de la variación lingüística y de su rechazo hacia determinadas hablas por razones de muy diverso tipo. Las razones de este rechazo, en realidad, son manifestaciones, a un plano lingüístico, de relaciones sociales: la forma en que unos agrupan a otros bajo determinados estereotipos.

La calificación de deficiente, entonces, es una calificación de rechazo hacia personas y no hacia sus sistemas lingüísticos.

La comparación entre hablantes deficientes e invitados poco elegantes que se sientan a la mesa me parece interesante pues ilustra el rechazo hacia quien no maneja los parámetros del código en que otros preferirían que interactúe:

Podemos encontrar estas explicaciones:

Me parece que toda interacción es como un juego. Hay quienes ponen las reglas y quienes tienen que cumplirlas si quieren jugar. Hay reglas creadas para exluir a participantes indeseados y reglas para parametrar su comportamiento. Y así como un grupo de niños hombres puede crear la regla “hay que tener pipí” para excluir a una niña que quiere jugar fútbol con ellos, las élites sociales desde siempre han establecido reglas para no admitir a otros sectores de la sociedad en la discusión de temas vinculados con la cultura o el poder.

Si yo no manejo bien el estilo académico y escribo así pe causitas sobre esa vaina del lenguaje ¿manyan? o sea que todo el mundo te florea de manera diferente, compadre, tonces sería mejor que no haygan esas diferencias..., etc., si escribo –explico- en un estilo oral, informal, descuidado y no académico, los lectores de este blog no me respetarán y me excluirán del juego. Entonces, me conviene conocer las reglas y seguirlas si lo que me interesa es jugar el juego.

Obviamente no hay juego más complejo que el de interacción social, suma de incontables juegos con requisitos y reglas, siempre cambiantes y en permanente renovación. Lo importante es reconocer los juegos: quiénes han puesto las reglas y con qué objetivos de admisión o exclusión; si estamos de acuerdo o no con esos criterios; si queremos jugar determinados juegos o preferimos mantenernos al margen; o si, en actitud rebelde, preferimos sabotearlos; si queremos mantener tales juegos o crear juegos nuevos.

Por suerte, toda sociedad, y particularmente la del Perú, es sumamente diversa como para creer que en ella el gran juego de la comunicación tiene reglas rígidas y excluyentes. Los jugadores que muchas veces tienen la ilusión de excluir con sus reglas a otros posibles jugadores (por ejemplo, los puristas del lenguaje, autoproclamados mártires de la heroica gesta contra la despreciable corrupción de la lengua de Cervantes) resultan muchas veces los excluidos de nuevos y divertidos juegos (por ejemplo, seguirle el paso a las innovaciones del lenguaje, a la jerga juvenil, a la aparición de nuevos sistemas producto del contacto del castellano y el quechua). La sentencia para estos desdeñosos jugadores de ceño fruncido será siempre la misma: ellos se la pierden.

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